Día 4 de 7
Un alma acallada
Salmos 131:1-3
1 Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas para mí demasiado sublimes.
2 En verdad que me he comportado y he acallado mi alma, como un niño destetado de su madre: como un niño destetado está mi alma.
3 Espera, oh Israel, en Jehová desde ahora y para siempre.
Reina-Valera 1909
Para pensarlo
El salmo 131 tiene solo tres versículos. Es corto como una respiración. David dice algo que a la ansiedad le cuesta mucho: «ni anduve en grandezas, ni en cosas para mí demasiado sublimes». Hay cosas que no te toca controlar ni entender hoy, y está bien dejarlas.
Luego describe su alma con una imagen tierna: «he acallado mi alma, como un niño destetado de su madre». Un niño destetado ya no llora desesperado por comer. Está en brazos de su madre, quieto, simplemente porque está con ella.
Acallar el alma no es apagar a la fuerza lo que sientes. Se parece más a acunarla: bajar el ritmo, respirar, recordar en brazos de quién estás. No pasa de una vez. Se practica.
El salmo termina con una invitación para todos: «Espera, oh Israel, en Jehová desde ahora y para siempre». Desde ahora. No cuando todo esté resuelto.
¿Qué cosa demasiado grande para ti podrías dejar hoy en manos de Dios?
Una oración
Señor, hay cosas demasiado grandes para mí. Hoy no quiero cargarlas todas. Acalla mi alma como una madre calma a su niño. Me quedo en tus brazos, aunque afuera todo siga igual. Amén.
Para hoy: Pon una mano sobre el pecho y respira despacio diez veces, alargando la salida del aire. Así se acalla también el cuerpo.