Día 6 de 7
Un silbo apacible y delicado
1 Reyes 19:9-13
9 Y allí se metió en una cueva, donde tuvo la noche. Y fue a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?
10 Y él respondió: Sentido he un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu alianza, han derribado tus altares, y han muerto a cuchillo tus profetas: y yo solo he quedado, y me buscan para quitarme la vida.
11 Y él le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová: mas Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto: mas Jehová no estaba en el terremoto.
12 Y tras el terremoto un fuego: mas Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado.
13 Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y paróse a la puerta de la cueva. Y he aquí llegó una voz a él, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías?
Reina-Valera 1909
Para pensarlo
Con las fuerzas de aquella comida, Elías caminó hasta el monte Horeb y se metió en una cueva. Allí Dios le hizo una pregunta sencilla: «¿Qué haces aquí, Elías?». Y Elías soltó su queja completa: lo había dado todo, se sentía el único que quedaba y lo buscaban para matarlo.
Dios no discutió con él. Lo invitó a salir. Pasó un viento que rompía las peñas, luego un terremoto, luego un fuego, «mas Jehová no estaba en el fuego». Y después, «un silbo apacible y delicado».
Elías quizá esperaba algo enorme. Dios llegó en algo pequeño y silencioso. Cuando lo oyó, se cubrió el rostro y salió a la puerta de la cueva.
A veces buscamos que Dios responda con algo grande que lo arregle todo. Esta historia invita a hacer silencio y prestar atención a lo pequeño. Y fíjate: después del silbo, Dios le hace la misma pregunta otra vez. Le deja decirlo todo dos veces. En esta historia hay paciencia para la queja.
Si hoy Dios te preguntara qué haces aquí, ¿qué le responderías con toda honestidad?
Una oración
Señor, no siempre te escucho en lo grande. Enséñame a hacer silencio para oírte en lo pequeño. Aquí está mi queja, completa. Gracias porque me dejas decirla, aunque sea dos veces. Amén.
Para hoy: Busca hoy cinco minutos de silencio, sin música ni pantalla. Si puedes, sal a la puerta y escucha los sonidos pequeños.